18/4/2010

5 CUENTISTAS BOGOTANOS

La Red Nacional de Talleres Literarios - RENATA, de la Dirección de Artes del Ministerio de Cultura de Colombia, año a año, publica una antología con los mejores textos de los talleres que funcionan en todas las regiones del país. Para estructurar el libro la Red solicita a cada taller que envie su producción. Estos fueron los seleccionados por el Taller de Cuento "Ciudad de Bogotá" 2010.

    Juan Nicolás Donoso
  • LLUVIA PÚRPURA
    Luis Enrique Izquierdo
  • O TE CHINGAS, O TE JODES
    Favio Giacometto
  • UN ACTO SENCILLO
    Raúl Torres Marín
  • LA CENIZA Y LA TOS
    Óscar Nossa
  • CONTENIDOS REVELADOS
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LLUVIA PÚRPURA


Por: Juan Nicolás Donoso
Artista plástico y filósofo. Ha trabajado como docente en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Ha colaborado con reseñas literarias en revistas culturales, ha escrito una novela y tres libros de relatos, y publicado algunos textos en revistas de literatura digitales.

El sonido de las primeras explosiones me obligó a mirar hacia la ventana. Deben estar detonando lejos de aquí porque no pude ver nada, ni siquiera un destello en el cielo. El ruido de la ciudad se ha ido acrecentando desde que llegamos. Parece que algo estuviera por derrumbarse. Una sensación de euforia se mete en mis huesos y sale convertida en escalofrío. Júbilo opacado por una sensación de muerte. No, es la alegría de ser mortal, una avalancha sin ruido, un Armagedón personal. El vidrio de la ventana ha sobrepuesto el reflejo de mi rostro a la imagen de Bogotá.

No puedo evitar hacer el recuento de mi vida y descubro que no hay un sólo momento en que Juliana no haya estado ahí. Siempre tratando de subirme el ánimo luego de reincidir en esa manía mía de aferrarme a cada mujer como si fuera la última. Desarrollando dependencias una semana después de un primer beso que por lo general es también el último. Asediándolas como un asesino en serie con el carácter de un cachorrito. Y Juliana explicándome que no es que no estuvieran en la casa, sino que no querían pasar al teléfono. Llevándome a los centros comerciales porque, según ella, hacer compras es el mejor antidepresivo y cuando la cosa se ponía grave, acompañándome al supermercado para comprar hierbas y enseñándome a diferenciarlas: El tomillo, la del agua de manzanilla, la de yerbabuena. Juliana, la que nunca se molestaba por mis llamadas a las dos de la mañana. Que no Andrés, que ahorita está muy tarde para que la llames. Tómate una de tomillo con manzanilla y mañana vemos, y entonces que cuál es la manzanilla, que no, que eso es laurel y es para la carne.

Ella era la única que me hacía ver las cosas de otra forma. Decía que yo era un buen tipo, que sólo estaba confundido. Mis sentimientos eran buenos pero debía entender que todo provenía de mi indecisión y no de una confabulación mundial en contra mía. También decía esas cosas que joden. Como eso de que el carácter se lo debe forjar uno mismo, estando solo y que no debía confundir la soledad con la desolación. Que debía aprender a estar solo y a tomar mis propias decisiones, porque de otra forma siempre iba a terminar lastimando a quien decidiera estar conmigo.

También se emputó en más de una ocasión. Como esa vez que me gritó que así no se trataba a una mujer. Que eso de prometer amor eterno para poder andar besando y manoseando no está bien. Yo siempre le decía que no lo hacía a propósito, que si yo le afirmaba a una mujer que la amaba era porque de verdad lo sentía. ¿Pero qué hago si un día me levanto y ya no siento nada? Y nada es nada. Entonces empezaba otra vez con el discurso de la indecisión y lo de madurar.

Fue en una de esas fiestas que organizaban mis papás en el apartamento. Creo que yo estaba en mi cama. No sé si jugaba o imaginaba que jugaba mientras miraba el techo. De lo que sí estoy seguro es que estaba solo, mientras los amigos de mis papás bailaban en la sala y la música vibraba junto a mi puerta. Mi mamá entró y a su lado estaba esa niña. Con el cabello negro y cortado hasta el mentón. Como un casco ridículo muy similar al corte que yo mismo tenía. Supongo que nos peluqueaba el mismo sujeto.

Mira, una amiga, muéstrale tus juguetes, fue lo único que dijo mi mamá antes de dejarnos solos. ¿Mis juguetes? Pero si en esa época la única diferencia entre un autista y yo era que yo no era autista. ¿Qué podía compartir con esa intrusa que caminaba por mi habitación mientras todo a su alrededor se desgarraba?

A Juliana la habían llevado porque sus papás no tenían con quién dejarla. No sé de dónde salió la idea de que yo podía cuidarla. Creo que estuvimos mucho tiempo callados. O tal vez ella hablaba mientras yo la miraba en silencio. Llevaba una de esas Barbi, una despeinada y con las prendas gastadas, parecía que la habían violado. No sé si sus papás no le dijeron que iban para la casa de un niño o si fue después de la advertencia que decidió llevar a su muñeca. Recuerdo que el elegido para jugar con la desaliñada fue un soldado articulado. El soldado terminó haciendo las veces de padre y esposo, creo que era médico y ella veterinaria. Un enano verde de la guerra de las galaxias terminó haciendo el papel de bebé. La familia se subió en una nave espacial y fueron a un centro comercial y luego a un supermercado. Juliana siempre asegura que esa vez nos dimos picos. Yo siempre he creído que los picos fueron entre el soldado y la muñeca violada. La verdad, no puedo afirmar nada. Tal vez ella me besó mientras yo jugaba o imaginaba que jugaba. La fiesta terminó y sus papás se la llevaron. Fue la primera vez que me vi en aprietos tratando de quitarme inútilmente el humor de una mujer.

La siguiente vez que la vi fue en iguales circunstancias: una fiesta organizada por mis padres. Yo entonces andaba jodido por Marcela y apenas podía mantenerme en pie. Tuve que conformarme con entrar y salir de la cocina cargando bandejas llenas de trago para los que iban llegando. Mi mamá había invitado a un filósofo amigo suyo y éste a su vez había invitado a un sicoanalista francés que estaba de paso. Juntos pasaron una hora haciéndome preguntas. No sé qué esperaban encontrar, pero en todas mis respuestas aparecía Marcela. Cuando Juliana llegó, los invitados ya se servían solos y yo estaba sentado en el sofá de la sala mirando cómo bailaban y reían. Mira: ¿Te acuerdas de Juliana?, vino hace varios años a una fiesta, dijo mi mamá. ¿Juliana… Juliana? ¡¿La veterinaria violada?!

Esa vez ni siquiera insinuaron que siguiéramos a mi cuarto, por lo que nos quedarnos en el sofá de la sala. Yo permanecí en silencio varios minutos, rememorando a Marcela y preguntándome qué diablos hacía ahí, llevándole a un sicoanalista francés el trago que yo me debía estar bebiendo para olvidar. Ella comenzó a hablar, pero pronto terminó escuchando mis desgracias por el resto de la noche. Y eso es lo único que ha hecho desde aquella vez.

Hace unos minutos me confesó que en aquel segundo encuentro ella también estaba despechada. Se trataba de un tipo bastante mayor. Le había dicho que la amaba. La besaron, la manosearon y después de terminar en la cama unas cuantas veces no volvió a saber del sujeto. El problema no era que se hubiera enamorado por primera vez, sino que nunca se había acostado con nadie más. En cinco días se cumplen veinticuatro años de habernos conocido.

En el vidrio, lejos y junto con la imagen de la puerta de la habitación, se ha sobrepuesto el reflejo del rostro de Juliana. Viene de la cocina y trae otros dos vasos de ron. Se ha quedado observándome, sonriente. Yo hago que miro a Bogotá. Las explosiones se oyen cada vez más cerca y el cielo está cada vez más oscuro. Ahora vivo solo. Ahora ella vive sola. Es mi apartamento y ésta es mi habitación. Terminé estudiando filosofía. Ella estudió administración. Las muñecas ahora son putas y los soldados asesinos. Los bebés verdes y malformados se han vuelto una razón de peso para perder la cordura. Es treinta y uno de diciembre de dos mil ocho. Todavía no hay naves espaciales para ir a los centros comerciales y al supermercado en donde ahora sólo aceptan dinero en efectivo. Hace dos minutos nos besamos. No sé si fue ella, tal vez fui yo. Pero es un hecho que hace dos minutos nos besamos. Supongo que se sintió incómoda y decidió ir por más ron como excusa. En lugar de juguetes lo único que hay en mi cuarto es una cama.

He dado media vuelta, dándole la espalda a Bogotá. Juliana me entrega el trago. Desocupo el vaso y lo tiro sobre la mesa del televisor. Ella bebe un sorbo y deja el vaso en la mesa de noche. Se recoge su cabello negro. Ahora lo lleva largo. No sabía que sus labios fueran tan suaves. Creo que hasta ahora nunca había visto sus hombros. Tampoco me había fijado en lo delgadas que son sus clavículas. Tiene las caderas frías. La pólvora, el ruido de los buses y los carros; el bullicio de la gente enloquecida en las calles y los centros comerciales: todo junto colándose a través de las ventanas. Se me viene a la cabeza esa canción de Prince. Los fuegos artificiales detonan cerca iluminando su cuerpo de púrpura. Es el resplandor de mi Armagedón personal. Cierro los ojos y, en secreto, le pido disculpas: Lo siento mi amor, fue una hermosa amistad.

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O TE CHINGAS, O TE JODES


Por: Luis Enrique Izquierdo
Estudio filosofía en la Universidad Javeriana y producción audiovisual en la CUN. Realizó dos documentales sobre el uso ritual del yagé en la ciudad y otro sobre la experiencia de paz en el Magdalena Medio Colombiano con la ATCC (Asociación de Campesinos del Carare). Desde el año 1990 es librero desarrollando su trabajo en la Universidad Javeriana, el Instituto Distrital de Cultura y Turismo, el Instituto Colombiano de Antropología e Historia y la Universidad del Rosario. Ha realizado dos ferias del Libro en el espacio público. Hace parte del Taller de Cuento Ciudad de Bogotá 2010. Mantiene varios blogs sobre temas de su interés desde el 2007.

“Ca oncan niquincaquiliz in inchoquiz, in intlaocol,
inic nicyectiliz nicpatiz in ixquich nepapan innetoliniliz,
intonehuiz, inchichinaquiliz"

Guadalupe se levantó apoyándose en el espaldar de la banca de la iglesia. Con cuidado subió la tablita en la que se había arrodillado. Miró el cuadro de la virgen y se hizo la señal de la Santa Cruz. Le dolían los muslos y el cuello y sentía húmedas sus piernas. A su lado aguardaba una maleta con las pocas cosas que le pertenecían: ropa, un anuncio que invitaba a una obra de teatro protagonizada por Don Miguel Inclán (único recuerdo de su padre). Y un papelito amarillento con un escrito en náhuatl.

Guadalupe no había ido a rezar. O rezaba de la única forma que sabía: repitiendo aquel escrito, una y otra vez, con el ánimo de nunca olvidarlo, como si cada palabra trajera a su memoria los días en que su madre le hablaba y le cantaba.

Le dolía el culo, las nalgas, los pezones, las rodillas, la boca… todo el cuerpo. No sabía cuántas de esas mulas le habían pasado por encima. En todo caso no tantas como hace algún tiempo. Con la huelga obrera, el dinero ya no fluía como antes y la competencia era fuerte. Y Doña Mercedes insista en sacarle el mejor provecho a Guadalupe.

Ella estaba cansada, del trabajo y de las humillaciones del esposo de la patrona. Se había acostumbrado a los borrachos malolientes, pero a Don Emilio no se lo aguantaba. El viejo aún no se la había chingado, pero siempre la andaba manoseando y la creía de su propiedad. Ayer, cuando se arreglaba para ir al salón, Don Emilio entró a su cuarto y mientras le metía un dedo por delante y otro por detrás, le dijo:

—O te chingas o te jodes.

Luego la besó y la obligó a que le chupara los dedos. Después le dio una palmada en el culo y le dijo: “A trabajar negrita” y se fue, riendo.

A la mañana siguiente Guadalupe leyó el calendario: trece de abril de 1935, día de San Hermenegildo Mártir. Ella no sabía la fecha de su nacimiento y decidió que de ahora en adelante ésa sería la suya. Alistó su maleta y salió de la casa. Fue a la Iglesia, se postró ante la Virgen de Guadalupe, repitió la frase escrita en el papel amarillento, y también dijo algo muy pasito que yo no alcancé a escuchar. La vi subir la tablita en donde se había arrodillado, vi cómo doblaba el papelito y se lo tragaba, la vi hacer la señal de la Santa Cruz, tomar su maleta y, en silencio, salir de la iglesia.

Supe que Guadalupe atravesó estos riscos, atendiendo a cuanta mula le salió al paso. Dicen que a pesar de ser generosa con lo suyo, robó a muchos y que reunió una buena cantidad de dinero. Dicen que en San Pedro de los Saguaros montó una casa y que ahora le dicen Doña Lupe. Yo, como también he reunido un dinero, hasta aquí he venido a buscarla, a ver si finalmente la virgen permite que se me haga el milagrito.

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UN ACTO SENCILLO

              Fotografía de Roberto Africano © 2008

Por: Favio Giacometto
Ingeniero de Sistemas en proceso de grado de la Universidad El Bosque. Algunos semestres de Español Y Filología Clásica, Universidad Nacional. Egresado del Taller de Novela RENATA 2009. Ganador 1er puesto Concurso de Cuento Universidad El Bosque 2009. Ganador Concurso Distrital Imaginación en el umbral Modalidad Concurso Nacional de Cuento para Jóvenes. Ganador convocatoria proyecto dramatizado unitario Punch. Finalista Premios de las Artes Universidad del Valle. La Quinta Postrimería. Otros. Algunas publicaciones virtuales de crítica de cine, cuentos y relatos.


Una voz llorona al otro lado del teléfono, dice:
—Mamá me cogieron.
—¿Qué paso?
—Iba para el concierto de Metallica y el mono se agarró con unos tombos.
—¿Cómo así? ¿Qué estás diciendo?
—Y luego Felipe se metió a defenderlo y le pegaron.
—Como así, Natalia, qué paso ¡hágame el favor!
—Y el flaco también se metió, mejor dicho todos nos metimos y nos cogieron y nos llevan en una camioneta.
—¿Y ahora en dónde estás?
—En una camioneta te estoy diciendo.
—¿Y para dónde te llevan?
—Para la UPJ.
—¿Qué es eso?
—No sé, es como una cárcel provisional.
—Natalia por favor habla en serio.
—Es en serio mamá, me llevan a la UPJ (sollozos).
—¿Dónde estás, por qué lado?
—Déjame miro… Vamos como por la treinta, creo… Oiga espere qué le pasa, suelte mi teléfono, no sea abusiva.
—Natalia, Natalia, háblame.
—Mamá… mamá me están…

Martha tira las sabanas al piso, se levanta y camina por la habitación golpeando libros, revistas y ropa. Enciende la luz y marca al celular de su hija: …tendrá cobro a partir de este momento. Siente el viento frío de la madrugada. Siente que el apartamento está vacío porque su hija, su pequeña niña recién salida del colegio está afuera. Hace las llamadas que puede y nadie la ayuda. Siente deseos de llorar pero no puede.

Por las llamadas que hizo se entera que la UPJ es un sitio inmundo en el centro de la ciudad a donde llevan, sin discriminación, a todos los infractores o aquellos que la policía sienta que deban pasar una noche encerrados por cuenta del estado. Llama a la UPJ y le informan cordialmente que su hija saldrá en veinticuatro horas, tal vez menos, pero que tranquila que estará separada de los hombres, por el momento junto a otras quince mujeres. Un sargento, lapidario, le dice:

—Mi señora no hay nada que yo pueda hacer. Con mucho gusto le colaboraría pero no se puede.
Y le da la dirección de la UPJ:

—Eso se ve de lejos, es la puerta naranja grande en la trece con treintaitrés, por el ladito de trasmilenio mi doña y si viene no venga sola porque es peligroso.

¡Claro que Martha irá a ver a la niña! Toma el carro que tiene parqueado en el garaje de un edificio de diez pisos del norte de la ciudad, donde los celadores pasan sus rondas mientras ella piensa que hacen muy poco por el barrio. La zona se ha venido a menos por estar rodeada de barrios de invasión. Personas que se asentaron y que Martha mira con desprecio porque quieren tener lo que a ella le ha costado años y años de sacrificio y cuotas en el banco que aún debe. Gente que se tomó por asalto aquella tierra y han construido viviendas que después de un tiempo tendrán agua, luz y teléfono, allí, muy cerca del estrato cinco de Martha en donde ella paga servicios costosos.

Mientras acelera por la circunvalar piensa que hubiese sido mejor haber cogido un taxi, pero no quería tener que justificarse con un taxista morboso. Ella es una mujer de cuarentaicinco años, hermosa como pocas, alta, desgarbada con una delgadez casi anoréxica pero revitalizada por unas caderas protuberantes y unos ojos azules que miran profundo como el océano. Se sabía de memoria la lascivia de los taxistas y su preguntadera: ¿Para dónde vas belleza? ¿Qué haces a esta hora por aquí tan solita? ¡Pendejos!, qué piensan que les voy a sonreír y a mirarlos con deseo. Idiotas. Ni en sus sueños. Acelera el pedal hasta llegar a los noventa kilómetros por hora; no hay congestión pero aun así sigue pensando que fue mala idea traer el carro.

Mientras enciende un cigarrillo se imagina a su pequeña. Recuerda lo que le acaba de decir su esposo: ese sitio es una porquería, una especie de cancha grande, casi un coliseo en donde meten a hombres y mujeres separados por una reja. Allí van a parar todos los subnormales de esta ciudad, todos los ñeros, ladrones, gamines, indigentes en fin toda la escoria. Eso dijo. Se imaginó a su pequeña, aterrada. Su hija, estudiante de ingeniería en una universidad privada. Tendría miedo, frío y hambre. Lamentó no haber traído una chaqueta.

Había hablado con un general viejo amigo de su padre y le había dicho que eso era bueno para el carácter de la niña: He sabido que es muy rebelde Martha, a lo mejor eso le ayuda, sólo es una noche, no le va a pasar nada. No le respondió pero hubiera querido decirle muchas cosas. Pensaba en su niña, su pequeña, y recordó las peleas diarias, la tirada de platos y ollas, los gritos, el sarcasmo y el odio, los reclamos.

El auto iba veloz. Era rojo, deportivo, del año, y podía alcanzar cien por hora en una curva como si nada. La cabellera rubia de Martha se movía con el viento de la madrugada. Fumaba. Pensó en su niña rodeada de indigentes pidiéndole cosas. Tratando de robarla. Quizá se masturbarían cerca de la reja mientras su niña cerraba los ojos, mientras se untaba de ese olor asqueroso y oía aquellos gemidos, acurrucada en una esquina de ese patio. Esos hijueputas podían verla, pensar en ella, decirle monita, mamacita.

Los odiaba, odiaba el mundo, odiaba la ciudad, odiaba a su hija por meterse en problemas y hacerla levantar a estas horas, odiaba haber traído el carro, odiaba sentir ese frío de cristal cortado que le golpeaba el rostro a las 3 de la mañana, odiaba no haber abortado cuando tenía veinticinco años, odiaba haber perdido la beca de especialización en Francia, ahora estaría peor o mejor, qué importa. Odiaba este país de mierda. Odiaba madrugar a trabajar y maquillarse en la baño todos los días y gastar dinero en joyas y artilugios para parecer más bella. Odiaba que su cigarrillo se hubiera acabado, odiaba que su puto marido la tratara durante años como a una puta, que la hubiese usado de esa manera. Odiaba a su padre y a su madre por haberla metido en esta vida de mierda como gerente de un banco, a comer mierda. Odiaba a sus jefes, morbosos que le miraban el culo a la menor oportunidad. Odiaba que le cogieran las tetas duro, así fuera en medio del placer. Se odiaba a sí misma. Odiaba no poder llorar como quería, odiaba esa única lágrima, diminuta, que se deshizo contra el marco de la ventana.

Al fin llegó, parqueó al frente de la puerta inmensa de color naranja. En una caseta cercana compró comida y le dio 10.000 pesos adicionales a la mujer, para que le cuidara el carro. Aunque vestía casual, Martha atraía todas las miradas. Ella y su jean apretado que delineaba sus bellas formas resultado de muchos años de gimnasio y buena dieta. Ella con sus ojos azules y su furia de madre.

En la puerta gigante y anaranjada, Martha increpó al auxiliar de policía que hace la guardia:

—Hágame el favor y déjeme hablar con quien esté a cargo.

El muchacho la miró burlón. Algunos la ven con la resignación de los que ya intentaron todo preguntando por sus seres queridos. Martha mira fijamente al patrullero, y aguarda. Él la remite a su sargento que es una mujer madura y malgeniada, casi de la misma edad que Martha. La sargento la mira con desdén y en un listado confirma que sí, que Natalia Prada, la hijita de Martha, está detenida en la UPJ. Martha le agradece la información.

Un acto sencillo.

Martha toma a la sargento del cabello y la golpea contra la pared, varias veces, la golpea en el rostro y, finalmente, le da un rodillazo en la pelvis y la tumba, justo antes de que dos agentes se abalancen sobre ella.

Martha golpeó a la sargento, con decisión, pero no tan violento como para que le levanten cargos, apenas lo necesario para que la encierren en la UPJ de doce a veinticuatro horas, lo suficiente para encontrarse con su hija y protegerla, como debe ser.

***

LA CENIZA Y LA TOS

 "Paisaje zapatista" - Diego Rivera, 1915

Por: Raúl Torres Marín
Escritor venezolano residente en Colombia desde hace veintinueve años. Trabajó para la Alcaldía Mayor de Bogotá como funcionario del Archivo de la Secretaría de Hacienda y ahora se gana la vida como decorador en una Fábrica de cocinas integrales de su propiedad.  En 2004 ganó el III Certamen Internacional de Relatos “Ron y Miel”, en Guadix, España, con el relato “Lo importante de la autopsia”. 2do. Premio del I Concurso Tomasino de Cuento para Adaptación audiovisual con la obra “De padre a hijo” (2005). Con ese cuento también fue finalista en el XXXV Concurso de Cuentos Hucha de Oro 2008, en Madrid, España. En 2006 fue publicado su cuento “El de la 305” en la antología Cuadernos de RENATA, publicada por el Ministerio de Cultura.

Ofelia se cubrió el pecho enjuto con el borde de la ruana y el eco de su tos espantó las aves acostumbradas a verla frente a los dos promontorios coronados por sendas cruces.

La mujer alzó los ojos hacia las montañas y decidió que sus plegarias eran suficientes. La luz del final de la tarde declinaba ante ella con una especie de resplandor naranja. Recorrió el camino marcado en la hierba por sus pasos de miles de días y un suspiro se prolongó de su alma mientras se acercaba al rancho. Observó que la ceniza continuaba bajando del cielo y formaba una capa que escondía los manchones de herrumbre sobre el techo de zinc.

Entró en la penumbra de la cocina al tiempo que la cara de Juan Gonzalo volteaba con lentitud hacia ella. El hombre batía la sartén humeante:

—Traje unos huevos que encontré entre las matas de plátano; como hace días que no comemos creo que nos caerán bien.

La mujer trató de hablar pero un estruendo que rebotó entre las montañas y los nubarrones le atragantó las palabras en la boca.

—Se están matando entre hermanos –dijo el hombre, y añadió: día y noche, no hacen sino darse plomo.

—Sí, como nosotros –contestó ella, después de un rato.

Tras la montaña, la noche joven avanzaba iluminada por fulgores naranja y por millones de chispas de oro que subían al firmamento para regresar a tierra convertidas en ceniza nueva.

—Del monte baja mucha culebra y mucho animal; y también he visto pasar venados y chigüiros. Claro que deben venir de más lejos… –continúo el hombre, y su estatura se retiñó contra el brillo del brasero también naranja.

—El incendio los espantó a todos. Cuando usté estaba ayer en el sembrado vi bajar unos indios; los indios caminan adelante. Y las indias cargan paquetes en la cabeza, y los muchachitos a la espalda. Es lo único que les queda –dijo ella.

—Ahora el tren cruza de para abajo todo tiznado de gris y con el techo lleno de ceniza –comentó el hombre, apoyado en el borde del mesón de la estufa.

—Y no más lleva armas y comida pa’ los soldados que están arriba. Seguro allá estará mi Fermín con ellos. Cuántos habrá matado ya –dijo Ofelia y fijó los ojos hacia la dirección donde creía que se libraban los combates. Pero no sostuvo la mirada mucho tiempo, estorbada por un remolino de polvo gris que bailaba con el primer fresco de la noche. Se apoyó en el horcón que hacía de puerta y mientras se frotaba los párpados creyó escuchar los chirridos del tren en las tiras de hierro de la carrilera. Medio atragantado por un bocado el hombre se sentó en un taburete de madera basta y la llamó.

Ofelia ignoró la invitación gangosa y se fundió en la oscuridad, que hubiera sido total dentro de la barraca sin el fogón que crepitaba animado en el rincón usado como estufa. La mujer caminó de memoria hasta el camastro.

Un difuso olor a orín y humedad saturaba el ámbito de aquel recinto que era cocina, dormitorio y comedor todo en uno. El caucho ajado de sus zapatos chirrió en el piso de tierra mientras organizaba las cobijas sumadas a la ruana aún moteada de ceniza.

Algo como una voz, como una presencia invisible la sobresaltó.

A su espalda presintió al hombre que se acercaba; un escalofrío de miedo y ansiedad vibró con ella: la mano callosa de Juan Gonzalo le apretó las nalgas y estrujó la tela de su falda.

Sin parsimonia ni preámbulos le abrió las piernas casi a los golpes y le humedeció el cuello con la pesadez de su aliento.

Entró en ella sin amor; con fuerza de azadón rasgó su carne fatigada. Animal, sin caricias, jadeó y gimoteó encima de la fragilidad de su mujer mientras la lumbre chisporroteaba.

Luego el silencio y la soledad infinitos, violados por los ronquidos del hombre saciado y aquellos recuerdos que se entretejían con hebras de sueño y agotamiento. Afuera, la ceniza implacable caía como una suerte de nieve caliente e infame que blanqueaba las montañas y el aire y veteaba de gris los árboles y la hierba.

“Primero fue nuestro padre, Juan Gonzalo; de él me salvó su muerte, apurada por la picadura de una mapanare grandota. Si lo supieras me matarías; me matarías pa’ desquitarte de él porque tu rabia ya no puede alcanzarlo.

Y después fuiste tú muchas veces; y desde entonces yo nunca te he rechazado por culpa de ese fuego que a todas nos quema la barriga por dentro. Tantas veces me tomaste entre los platanales y las matas de yuca. Hasta que me trajiste a este rancho que es lo único que tenemos sobre la tierra.

Aquí nació primero Horacio, acordáte, tan chiquitico y arrugado. Yo lo quería, pero me lo arrancó de los brazos la maldición que también cayó sobre este monte, que es el mundo que siempre hemos visto…”

La tos sacudió a la mujer mucho rato. El hombre, que había bebido, dejó de roncar y se sobresaltó; poco a poco se sumergió en el sueño y la noche de las montañas empezó a cantar bajo la lluvia sin cesar de ceniza blanca.

El repiqueteo de la metralla y el vuelo rasante de un helicóptero resonaron por un momento; los perros ladraron y las gallinas cacarearon; en el corral, entre la hierba, bajo los árboles, nerviosos todos, los animales, los insectos y los pájaros, como si lo hubieran acordado, se sacudieron la ceniza al tiempo.

“Juan Gonzalo, tú me golpeaste; me gritabas que yo no servía pa’ nada y apenas se pudo otra vez me preñaste y entonces vino Alfredo, que tampoco logré conservar mucho tiempo. La maldición lo alcanzó más rápido que a su hermano y se quedó tullido y frío entre mi pecho y tu espalda hasta que amaneció. Y tú te despertaste y volviste a pegarme y a decirme que yo lo había ahogado en la madrugada no más por no cuidarlo.

Y volviste a buscarme una noche, o mejor, muchas noches, y pronto sentí que vendría mi Fermín y a él quería verlo crecer. Por eso tan pronto nació se lo llevé al Padre Eliseo Coronado; a bautizarlo aunque tú no querías. Eso lo salvó a mi muchachito.

Ahora que me acuerdo el padre Eliseo no alcanzó a ver la ceniza porque lo mataron poquito después, cuando empezaron a correr a los indios y a prenderle candela al monte.”

Un nuevo espasmo de tos; una convulsión más dilatada que la anterior y Ofelia tuvo que morder la cobija para ahogar un grito, desgarrada la respiración por el ardor y la falta de oxígeno.

Pasados los minutos que tardó en calmársele el resuello se percató que se había adormilado con el vestido puesto tras el asalto del hombre que roncaba en el catre. Sin hacer ruido se levantó y caminó hasta la mesa junto a la estufa de leña y bebió un sorbo de agua; una gota larga y caliente le bajó entre los muslos. Se quitó el vestido y se secó con él las lágrimas y las piernas. En lo oscuro consiguió el camisón de dormir y cubrió sus dolores con algo parecido al pudor.

Luego empujó y trancó las tablas que cubrían el hueco de la puerta. Aliviada regresó a la cama y afinó el oído. A la intemperie, arreciaba el roce de la ceniza sobre animales y cosas.“Salvé a Fermín de la maldición, pero para qué tantos años de crianza ahora se me lo llevó el tal ejército, que a defender una tierra que nunca ha sido nuestra. Mi Fermín pelea por estas montañas peladas que ya casi ni se distinguen con tanta ceniza.
Juan Gonzalo, mejor trató de dormirme para esperar que amanezca; para ver la misma tierra moteada de ceniza, la misma tierra que no cambia, para echarle de comer a las mismas gallinas y a los mismos perros que le ladrarán a la mañana rucia; para escuchar el mismo tren mugriento que pasa cargado de soldados hambreados y de muertos que ya empiezan a oler maluco. Esperar a un día de estos que no más vuelva mi Fermín a protegerme, a defenderme de ti, Juan Gonzalo, y a ayudarme a cuidar este pedazo de mundo, porque no podemos irnos de aquí, porque debemos quedarnos a velar a nuestros muertos”.

La ceniza cae, la ceniza sin peso ni número, lenta pero firme. Y Ofelia recuesta la cabeza en la almohada sucia y alimenta sus sueños con el silencio de la noche enorme.

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CONTENIDOS REVELADOS

"Contenidos revelados" - Óscar Nossa Art

Por: Óscar Nossa
Maestro en artes plásticas y visuales de la Academia Superior de Artes de Bogotá. Egresado del Taller de Cuento de la Universidad Central y el Taller de Novela de RENATA. Finalista en el 2008 del concurso de cuento del TEUC. Ha publicado en la revista Calle 14, dedicada a la investigación en el campo del arte y en el libro Carolina ya no aguanta más y otros cuentos.

De nuevo intentó hablar con su hija, pero ella continuó con los audífonos puestos y haciendo mala cara. Había recogido a la niña en casa de su ex mujer para ir de vacaciones. Como no tenía dinero para viajar, cuando salía por muestras aprovechaba y decía que iba de vacaciones.

En esa ocasión tenía que analizar agua en una población del Litoral pacífico. Si la niña creía que su padre era aburrido, ¿qué pensaría al verlo en el mar llenando un frasco?

Ya instalados en el hotel y después de un descanso el padre necesitó entrar al baño, abrió la puerta y vio a su hija desnuda. Ella gritó y se cubrió con las manos. Él pidió perdón. Dijo que fueran a la playa.

El padre llevaba un sombrero para protegerse del sol y en su mochila el frasco de las muestras. La niña se durmió en la playa. Flotando en el mar recordó el vello púbico y los senos de su hija. Agua clara y sin sedimentos.

Dejaron el hotel en la madrugada y viajaron hacia el sur. Se hospedaron en una cabaña con piscina. Adultos aprendían a nadar. El padre sugirió que fueran a explorar, pero la niña estaba cansada y prefirió quedarse. Caminó dos horas hasta una laguna casi seca. Hundiéndose en el barro tomó una muestra. Regresó cansado, con los pies hinchados y se tumbó en la cama. Envuelto entre sabanas pegajosas por el sudor despertó en la madrugada y vio que la niña no estaba en la habitación. Escasez de agua, partículas extrañas.

A su regreso le exigió una explicación. Ella no dijo una palabra. El padre, igual que cuando su ex mujer le escupió que no quería tener un hijo con él, agarró la maleta, salió y dijo que volvería luego.

Frente a dos colchones atascados en la orilla de un río, el padre llenó el frasco de agua y lo puso en el horizonte viendo que el mundo se invertía. Embelesado con el efecto óptico continuó su ruta. Recorrió largos trechos durante el día tomando muestras para ver el cielo ahogarse.

Cuando volvió su hija estaba preocupada, le reclamó con la seriedad de un adulto. El padre se duchó y se recostó en la cama y se quedó dormido. La niña aprovechó para salir. Aguas similares del nacimiento a la desembocadura y una charla pendiente.

El padre quería ser buen padre y creyó pertinente hablar de sexualidad con su hija. En el desayuno se decidió. La niña se rió al notar que bajaba la voz al pronunciar la palabra condón. Al terminar el café necesitó alejarse de su hija. Le pidió que alistara las maletas mientras él conseguía un obsequio para su madre.

Una concha extraviada reposaba en el sendero, la tomó y continuó hacia la playa. Se sentó y observó las aves nadar en el cielo. A su regreso la niña estaba lista para volver a la ciudad. Antes de que la hija bajara del taxi el padre le entregó dos frascos envueltos en papel regalo. La niña subió a su habitación cargando la maleta y los obsequios. Sentada en la cama rasgó el papel y descubrió una playa viviendo en el interior de un frasco. Maravillada con el fragmento de mundo que su padre le había regalado, se dirigió a buscar a su madre para entregarle el suyo. En el obsequio de la madre, entre agua turbia flotaba un envoltijo. Desgarro, fragmentos de vidrio, el frasco roto. Al recoger los pedazos la madre encontró el anillo. Aguas rápidas alejándose sin posibilidad de regreso.

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