18/07/2011

Cualquiera, el indicado - Favián Ortiz

Favián Ortíz, "Más allá, la tarde", sin fecha

El Taller de Cuento "Ciudad de Bogotá" 2011, sigue contando.  
Compartimos otro cuento trabajado en el taller.
* * *
Favián Ortiz
Profesional en estudios literarios. Participante del Taller de Cuento Ciudad de Bogotá 2011 (Talleres de Escrituras Creativas Ciudad de Bogotá). Viajero ocasional y fotógrafo aficionado. En la actualidad trabaja como Corrector de estilo. 

Cualquiera, el indicado

Favián Ortiz

Ahora había llegado la jubilación, casi al tiempo que la viudez. Sabía que era una posición muy cómoda, muy ventajosa; por primera vez tendría las riendas. Hasta antes de este momento sólo había existido la sumisión, la rutina y el cumplimiento de unas funciones, el trabajo de cada día. Ya había pasado un buen tiempo lejos de eso, y aunque realmente le hacía falta, porque ya había llegado a habituarse, esto era algo de no perderse. Le atraía bastante la idea; lo de ahora era algo muy distinto: tener el control, dar las órdenes.


***
Trabajo por encargo, cómo cambian los tiempos, recibes una llamada, te dan una orden y a cumplir con otra visita. Ni siquiera sé quién me contrata. No viene al caso, la paga es buena, pago a tiempo mis gastos... Además, el sitio no queda tan lejos de aquí.


***
El periódico en el que encontró la información decía: “Absoluta discreción”. Más abajo, la dirección de la página en Internet. Cuando la consultó, halló un catálogo con fotos de una buena cantidad de hombres con muchos enlaces. Cada uno estaba acompañado de información sobre sus especialidades. Sin embargo, los nombres que acompañaban las fotografías no le decían mucho, parecían ajenos a los rostros. Por sus caras, esos hombres deberían tener otros nombres, a cada cara un nombre más adecuado, pensó. Creyó que estaban mal escogidos, como al azar, así que jugó a ponerles nombres un buen rato porque seguramente esos que acompañaban la fotografía no eran los reales.
Al final escogió un hombre cualquiera, uno que tenía una mirada maliciosa y la boca un poco pequeña para las proporciones de su cara. Se decidió por ese, especialmente por el gusto que le había tomado a su nuevo nombre, el de su juego. Cuando ese hombre cualquiera viniera a su casa, lo primero en lo que debería ser complaciente sería en dejarse llamar con ese nuevo nombre.


***
Siempre es mejor tener la situación bajo control. Los clientes creen que por su condición tienen el derecho a imponerse. Conmigo no va eso.
Me dijeron que fuera el viernes a las ocho, y la verdad, siento algo de impaciencia. Mejor lo tomo con calma. Como siempre, no sé qué esperar. No sé porqué me pasa que con cada nueva cita me siento como la primera vez. Será porque casi siempre resulta algo diferente.


***
La noche es fresca después de una tarde muy calurosa. La llovizna que cae se evapora en las calles apenas toca el asfalto. Una ráfaga de viento, que se cuela por las ventanas, alivia el sopor nocturno. El vecindario está tranquilo, apenas se escuchan los murmullos lejanos de música en las tabernas de una avenida cercana. Un hombre cualquiera observa las nomenclaturas de las casas. Cuando se detiene, un gato sale del antejardín y cruza rápidamente por entre sus piernas. Piensa en cómo detesta a los gatos a pesar de estudiar veterinaria. Verifica que la dirección es la correcta. Observa antes de hacer cualquier cosa; los colores de la casa le parecen muy sutiles para su gusto.
Timbra. La figura a contraluz que ve aparecer al abrirse la puerta no le desagrada. Tal vez hubiera preferido que fuera más joven, nada más.


***
–Hola yo soy... –es interrumpido por una mano que le hace el gesto de detenerse.
–No importa cómo te dijeron que te llamaras. Yo tengo un mejor nombre para ti.
La puerta se cierra tras los dos hombres. La llovizna se torna en unos goterones que silencian la música lejana.

***


Derechos reservados
© Favián Ortiz

18/07/2011

Cualquiera, el indicado - Favián Ortiz

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Favián Ortíz, "Más allá, la tarde", sin fecha

El Taller de Cuento "Ciudad de Bogotá" 2011, sigue contando.  
Compartimos otro cuento trabajado en el taller.
* * *
Favián Ortiz
Profesional en estudios literarios. Participante del Taller de Cuento Ciudad de Bogotá 2011 (Talleres de Escrituras Creativas Ciudad de Bogotá). Viajero ocasional y fotógrafo aficionado. En la actualidad trabaja como Corrector de estilo. 

Cualquiera, el indicado

Favián Ortiz

Ahora había llegado la jubilación, casi al tiempo que la viudez. Sabía que era una posición muy cómoda, muy ventajosa; por primera vez tendría las riendas. Hasta antes de este momento sólo había existido la sumisión, la rutina y el cumplimiento de unas funciones, el trabajo de cada día. Ya había pasado un buen tiempo lejos de eso, y aunque realmente le hacía falta, porque ya había llegado a habituarse, esto era algo de no perderse. Le atraía bastante la idea; lo de ahora era algo muy distinto: tener el control, dar las órdenes.


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Trabajo por encargo, cómo cambian los tiempos, recibes una llamada, te dan una orden y a cumplir con otra visita. Ni siquiera sé quién me contrata. No viene al caso, la paga es buena, pago a tiempo mis gastos... Además, el sitio no queda tan lejos de aquí.


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El periódico en el que encontró la información decía: “Absoluta discreción”. Más abajo, la dirección de la página en Internet. Cuando la consultó, halló un catálogo con fotos de una buena cantidad de hombres con muchos enlaces. Cada uno estaba acompañado de información sobre sus especialidades. Sin embargo, los nombres que acompañaban las fotografías no le decían mucho, parecían ajenos a los rostros. Por sus caras, esos hombres deberían tener otros nombres, a cada cara un nombre más adecuado, pensó. Creyó que estaban mal escogidos, como al azar, así que jugó a ponerles nombres un buen rato porque seguramente esos que acompañaban la fotografía no eran los reales.
Al final escogió un hombre cualquiera, uno que tenía una mirada maliciosa y la boca un poco pequeña para las proporciones de su cara. Se decidió por ese, especialmente por el gusto que le había tomado a su nuevo nombre, el de su juego. Cuando ese hombre cualquiera viniera a su casa, lo primero en lo que debería ser complaciente sería en dejarse llamar con ese nuevo nombre.


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Siempre es mejor tener la situación bajo control. Los clientes creen que por su condición tienen el derecho a imponerse. Conmigo no va eso.
Me dijeron que fuera el viernes a las ocho, y la verdad, siento algo de impaciencia. Mejor lo tomo con calma. Como siempre, no sé qué esperar. No sé porqué me pasa que con cada nueva cita me siento como la primera vez. Será porque casi siempre resulta algo diferente.


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La noche es fresca después de una tarde muy calurosa. La llovizna que cae se evapora en las calles apenas toca el asfalto. Una ráfaga de viento, que se cuela por las ventanas, alivia el sopor nocturno. El vecindario está tranquilo, apenas se escuchan los murmullos lejanos de música en las tabernas de una avenida cercana. Un hombre cualquiera observa las nomenclaturas de las casas. Cuando se detiene, un gato sale del antejardín y cruza rápidamente por entre sus piernas. Piensa en cómo detesta a los gatos a pesar de estudiar veterinaria. Verifica que la dirección es la correcta. Observa antes de hacer cualquier cosa; los colores de la casa le parecen muy sutiles para su gusto.
Timbra. La figura a contraluz que ve aparecer al abrirse la puerta no le desagrada. Tal vez hubiera preferido que fuera más joven, nada más.


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–Hola yo soy... –es interrumpido por una mano que le hace el gesto de detenerse.
–No importa cómo te dijeron que te llamaras. Yo tengo un mejor nombre para ti.
La puerta se cierra tras los dos hombres. La llovizna se torna en unos goterones que silencian la música lejana.

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